jueves, 25 de octubre de 2007

La Tontocracia, parte 4

Está de moda polemizar. Discutir y pelearse. En todas partes, sobre cualquier tema: el aborto, los robos, la televisión, el precio del tomate. Cualquiera opina sobre lo que sea, sospecho que el tema en sí importa poco. Se toma una postura, enseguida, con la mínima información posible, y se debate enardecidamente. No se utilizan argumentos; en su lugar, se usan las descalificaciones (como "vos qué hablás si...") o las frases cargadas de sensiblería ("si vos fueras víctima de violación, opinarías igual que yo"). Estas frases se utilizan agresivamente, casi que se disparan contra el otro, que por lo general responderá con una agresividad mayor, a lo que seguirá el insulto.
Esto no sólo se ve entre los personajes de la televisión, sino en todos los ámbitos donde a alguien le permitan decir algo. Ahora que están de moda los comentarios en páginas web y blogs, los Tontos han encontrado un ámbito propicio para evacuar su desesperación por opinar. Y tan desesperados están por opinar que, muchas veces, ni siquiera se preocupan por entender aquello contra lo que polemizan. Captan más o menos el tono, y se lanzan a discutir. Es muy gracioso ver cómo, en algunos casos, responden indignados a alguien que les ha dado la razón, simplemente porque no lo entendieron.
Lejos están de cuestionarse, de dudar, de reflexionar. El Tonto tiene la soberbia del que está seguro. Y siempre está seguro: de su postura, nadie lo mueve. Claro, eso no quita que mañana pueda opinar todo lo contrario y defenestre a los que están en la vereda de enfrente. Al fin y al cabo, son tan Tontos como él.

viernes, 19 de octubre de 2007

Explicación para los que no entendieron "Yo opino: las elecciones"

Estimado Morwax (si es que ese es su verdadero nombre):
Le agradezco mucho sus conceptos. No obstante, sepa usted que, como dijera el gran filósofo Friedrich Nietzsche, todo lo incondicional encierra algo de patológico. En tal sentido, si bien creo que he sido suficientemente claro y conciso en mi exposición, tengo la impresión de que se impone formular algunas aclaraciones, un par de acotaciones y, a qué negarlo, alguna que otra rectificación aquí y allá, a los efectos de que los trasnochados de siempre no vengan a correrme con la vaina de su retórica vacía, ayuna de todo contenido, y deliberadamente oscura, para parecer profunda.
Un fugaz vuelo de pájaro, o más precisamente, de colibrí, sobre mi ideario, me permite rescatar y poner bajo su consideración un par de conceptos que creo, en esta hora decisiva que afronta la Patria, son insoslayables. Decisiva por cuanto es menester tomar alguna decisión, una vez que uno se halla en la presencia intimidante del cuarto oscuro, o frente a la boquiabierta demanda de la urna. Decisiva también, y a pesar de las voces que siempre se levantan, aunque sin suficiente fuerza, para teñir los comicios de intrascendencia, aprovechando la abulia de algunos que -no tiene caso negarlo- en nuestro querido país cada vez somos los más.
Es por eso que me atrevo a formular esta hipótesis tan -diría- arriesgada, si usted quiere; quijotesca, acaso, pero con la fortaleza de espíritu de quien se posa en las ardientes arenas de la convicción, sin temor a quemarse, ya que, como es sabido, los sabios -si me permite la hipérbole- nos caracterizamos por andar siempre a cierta distancia del suelo.
Resumiendo, y por no aburrirlo, creo que he dado respuesta suficiente a sus cuestionamientos, los cuales agradezco, porque me han abierto los ojos sobre las falacias en que pudiere haber incurrido. No obstante, estoy seguro de haber refutado con argumentos irrebatibles sus objeciones, así como he aniquilado sus dudas con la poderosa arma del pensamiento de la que en esta hora soy orgulloso escudero.
En tal sentido, recalco una vez más mi derecho a expresar mis pareceres sin censura, le pese a quien le pese, con la valentía y la claridad de la que siempre he hecho gala.
He dicho.

Yo opino: las elecciones

Se acercan las elecciones y es el momento de hablar sin tapujos, sin medias tintas. Y en tal sentido, quisiera expresar mis opiniones sin miedo, con la convicción de quien habla desde la razón y desde la defensa de los más altos ideales, dejando de lado intereses espurios y dobles mensajes.
Las elecciones son, desde siempre, de suma importancia para la vida de todos. Es cierto que ha habido tiempos difíciles, es cierto que hemos tenido que ser muy fuertes para no desfallecer, pero también es cierto que los argentinos, cada vez que fuimos llamados a las urnas, concurrimos con fe y alegría.
No es momento de insinuar ni de sugerir, ni de quedarse a mitad de camino. El tiempo juzgará implacablemente a los mediocres y sus tribulaciones.
Sin embargo, sé que hay mucha gente a la que le causa escozor que otros expresen su forma de pensar, soy conciente de que hay quienes se molestan por leer un verdadero manifiesto de ideales, una exposición franca y despojada de las convicciones más profundas. Pero las ideas no se matan, señores, y es por eso que hoy utilizo este espacio para explayarme sobre las mías, con la frente alta, y con la claridad de quien hace de la honestidad su más poderosa herramienta.
No temo a las críticas, y mucho menos al debate, siempre que sea honesto, siempre que esté fundado sobre bienintencionadas bases de tolerancia. Es más, espero ansioso que el torbellino de mi ideología agite las siempre convulsionadas aguas de las opiniones políticas. Disfrutaría de poder leer opiniones encontradas con la mía, y refutarlas, con el deleite de la inteligencia, que es sin duda uno de los más nobles.
En suma, creo que he expuesto mis ideas y opiniones con altura y respeto, sin ofender a nadie y dejando de lado la intolerancia y el fundamentalismo. Helas aquí, estas son mis ideas, y heme aquí para defenderlas hasta las últimas consecuencias.

martes, 9 de octubre de 2007

¿La plata o la vida?

Constantemente, aparecen en los diarios noticias sobre gente que es asesinada por resistirse a un asalto. Esto, además de causarme pena y dolor, me llama la atención. Es muy común que, cuando uno es abordado por delincuentes, el primer impulso sea el de resistir. Es tal la violencia de la situación, que uno puede incluso reaccionar de manera agresiva. Sin embargo (y creo que lo sabemos todos), el sentido común indica que conviene reprimir ese impulso, resignarse a lo inevitable, e incluso mostrar cierto ánimo de colaboración, a fin de evitar el enfrentamiento con personas que están en actitud violenta, asustadas y muchas veces fuera de sí.
Es por eso que me llama la atención que tantas personas se resistan a ser robadas, hasta el punto de que esto termina costándoles la vida (o, en los casos más afortunados, torturas, lesiones, golpizas). Entonces, no puedo evitar pensar que para estas personas, sus bienes valen más que sus vidas.
La vida no vale nada, repiten los opinadores y comunicadores, haciendo hincapié en que los ladrones ahora, además, son asesinos. Yo me pregunto ¿qué hubiera pasado si la víctima, en lugar de resistir, se hubiera dejado robar resignadamente? ¿Qué tal si esa persona hubiera antepuesto su vida a la defensa de sus bienes? Me parece que el problema es que la vida no vale nada, pero no sólo para los delincuentes, que disparan a matar con una facilidad aterradora, sino también para las víctimas, que prefieren perder su vida antes que su auto o sus ahorros.
¿Será que en la sociedad en que vivimos, uno vale por lo que tiene? Acaso muchas personas, creyendo que valen por lo que tienen, terminan siendo lo que tienen. Probablemente crean que, despojados de sus pertenencias más preciadas, sus vidas pasan a valer nada, y por eso se las juegan.
Tal vez, si todos tuviéramos presente a diario el valor sagrado de la vida y no diéramos tanta importancia a lo material, dejaríamos de ver tan seguido en los diarios estas noticias tan tristes.

martes, 2 de octubre de 2007

La Tontocracia, parte 3

Basta salir a manejar en cualquier horario para darse cuenta de que los Tontos dominan las calles. Desde el que va por el carril izquierdo a la menor velocidad que su auto le permite (realmente, a veces me cuesta explicarme cómo hacen algunos para lograr que sus autos se muevan a velocidades tan bajas), hasta el bananazo que está siempre apurado, y te pasa por donde sea. Esta clase de Tonto se observa con gran claridad en las rutas. Si tiene una 4x4, mejor. Se siente el más poderoso, el dueño del mundo. No soporta tener otro vehículo adelante, él tiene que estar siempre primero (no ha comprendido que la Tierra es redonda), y siempre está impaciente, se lleva el mundo por delante. Hasta que realmente se lleva algo por delante, claro. Ahí quizás cambie de idea. O no. Tal vez, desde su silla de ruedas comandada por una pajita, siga intentando pasar a todo lo que encuentre en su camino.
Pero ojo, el peatón tampoco se salva. Está el que ignora por completo el semáforo. Simplemente, cruza. Sabe que hay un poste amarillo con luces de colores que sirve para algo, pero es demasiado complicado, son demasiadas luces... y ni hablar de entender los muñequitos, hay uno que a veces titila, otro que está quieto... un quilombo... mejor ir mirando el celular. O el que cruza la calle como si estuviera solo en el mundo, ni siquiera mira, no le interesa, o no sabe. En esto, los viejos son especialistas. Se mandan en las avenidas más peligrosas, ante el tráfico más furioso, y por cualquier parte (no sea cosa de que la vida no les alcance para llegar hasta la esquina). Y cuanto más decrépitos estén y más les cueste moverse, más se le animan al peligro. Un poco de adrenalina nunca viene mal, supongo.
Y no hablemos de la violencia de los colectiveros, la insoportable ciclotimia de los taxistas (que van a menos diez cuando están vacíos, y a ciento cincuenta cuando llevan a un pasajero), de las madres o padres que se paran a esperar el semáforo en el cordón, con el cochecito del bebé en la calzada (¿para que les sirva como escudo?), de los ciclistas y motoqueros (que logran que los kamikazes parezcan ejemplos de prudencia).
Los periodistas no se cansan de decir que lideramos el ranking mundial de accidentes de tránsito, pero mucha gente parece no darse cuenta. Es porque no se ha difundido un ranking mundial de Tontos. Ahí, afanaríamos.

La Tontocracia, parte 2

Me los encuentro siempre que estoy apurado. Salen de un negocio, o de un edificio, sin mirar, se me ponen justo adelante y empiezan a caminar muy lento, con la cabeza gacha. Mi primer impulso, tal vez por haber leido demasiadas novelas, es pensar que quizás se trata de una persona deprimida o abatida por las circunstancias. Pero no. En cuanto me las arreglo para pasarlo o pasarla* (después de haber esquivado a un perro que sacó a pasear a una vieja y una dulce madre que maneja un cochecito como si fuera colectivera del 60), lo miro, curioso, y descubro que, mientras camina, va mirando fijamente el celular, sin prestar atención a nada más.
La actitud se repite en todas partes: subtes, colectivos, salas de espera. Personas hipnotizadas por su celular, que no pueden sacarle la vista de encima. Algunos hasta se rien, o emiten algún sonido de acuerdo o desacuerdo con lo que el aparato les dice.
Siempre digo que el ama de casa con celular es la evidencia del triunfo del marketing sobre la mente humana. Es el paradigma del consumo innecesario. Pocas personas lo necesitan menos y además, les suele molestar, o se lo olvidan, o no lo entienden. Pero lo tienen.
Las empresas telefónicas, con el marketing como herramienta, han logrado sobre la mente del Tonto un dominio absoluto, decisivo, humillante. El Tonto vive a través del celular, y pendiente de él. Va caminando lento, con la cabeza gacha, mientras las tortugas y las babosas lo pasan por derecha e izquierda. O peor aun, se pone a hablar a los gritos, en un lugar público, demostrándole a todo el mundo que él es un Tonto hecho y derecho**.


* No hay distinción entre los sexos, ni edades, ni niveles socio económicos. Puede ser un señor pelado, de traje, tanto como una adolescente o una señora mayor. En este caso, para acentuar la ridiculez, tomo como ejemplo al señor pelado, de traje.
** por no decir un reverendísimo pelotudo.