Según cuenta la leyenda, la actual disposición de las letras en los teclados alfanuméricos ("QWERTY"), se debe a que las primeras máquinas de escribir se trababan si su usuario era demasiado veloz con los dedos, de manera que los diseñadores idearon esa distribución para hacer más lento el tipeo. Con el tiempo, las máquinas avanzaron, pero la ubicación de las teclas no se modificó, por lo que hoy es necesario hacer cursos para poder escribir a una velocidad decente, ya que los diseñadores deliberadamente les complicaron la tarea a los usuarios.
Lo mismo parece pasar con tantos otros productos que tenemos la desgracia de desear o necesitar a diario. Parecen estar diseñados para complicarnos la vida, en lugar de facilitárnosla. Por ejemplo, los paquetes de papas fritas, snacks, galletitas, que son imposibles de abrir con un simple tirón, de manera que es necesario aplicar una fuerza extraordinaria, con la consecuente puesta en órbita de las papas fritas, galletitas, o lo que fuera, que con suerte caerán en algún lugar donde podamos alcanzarlas. Otro verdadero bluff es el mecanismo para abrir paquetes de chicles, o algunos de galletitas, que consiste en esa simpática tirita colorada que, según dicen, al tirar de ella, como por arte de magia vencerá la heroica resistencia del paquete a ser abierto. Falsas promesas. La verdad es que, en el 90% de los casos, ante el primer tirón, por suave que sea, la tirita colorada se rompe o se desprende sin que al paquete se le mueva un pelo, y en el 10% restante, la tirita está incompleta, mal colocada, o no existe. Tampoco tenemos suerte con los blisters en que vienen sandwiches, fiambres, tapas de empanadas, etc. Por lo general, en una de las esquinas, tienen la promisoria leyenda "Abrir aquí", casi siempre en rojo, para acentuar el tono burlón que tiene todo envase. Sin embargo, me he pasado horas enteras buscando cómo levantar la señalada esquina, esperando que nadie me estuviera mirando, y antes de perder la paciencia y recurrir al apuñalamiento liso y llano del envase, muchas veces con la lamentable destrucción de su contenido, aunque no sin cierta satisfacción homicida.
Podría extenderme demasiado, escribir un libro quizás, hablando de los caños para agarrarse demasiado altos en colectivos, de los carteles que indican los nombres de las estaciones de subte, colocados estratégicamente a una altura tal que estando parado dentro del tren, es imposible verlos, a menos que uno se agache, o pertenezca a una tribu de pigmeos. De cucharitas de helado que se parten, del ketchup que no sale del envase, hasta que sale todo de golpe, de productos de limpieza que se disparan como millones de escupitajos en todas direcciones, de frascos de dulces o salsas cuyo contenido, en algunos sectores, es inaccesible... y de los cruentos: útiles de oficina que lastiman, corchos o tapones de botellas que se disparan como misiles, cabezas de fósforos que vuelan directo a la cara, y tantos otros con bordes filosos o punzantes.
Y aquí es donde me pregunto: ¿hay personas que están cobrando un sueldo para realizar estos diseños?, ¿estudian para eso?, ¿alguna vez utilizan el producto que ellos mismos diseñaron?, ¿no deberían estar en la cárcel?
Mientras pienso en las respuestas, aprovecho para saludar a los diseñadores industriales en su día (si es que lo tienen), y me voy a buscar una amoladora para abrir de una vez por todas este estúpido paquete de bizcochitos.
miércoles, 26 de septiembre de 2007
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