Cuando se me ocurrió hacer cerveza en casa, no sólo me motivó el gusto por esta bebida, sino también el placer de completar cada paso del proceso. Los resultados fueron muy buenos, por eso quiero compartir aquí mi experiencia, paso por paso.
En lo personal, el desafío era no sólo lograr una bebida digna de ser saboreada, que se pareciera a la verdadera cerveza, sino también hacerlo de la forma más artesanal posible y con los elementos más económicos. Nunca fui de los que se deciden a empezar una actividad y lo primero que hacen es gastarse una fortuna en equipos y herramientas, para que poco después terminen juntando mugre en el cuartito de los cachivaches. Es por eso que me planteé comprar los menos elementos posibles, y los más baratos, al menos hasta ver si realmente la cosa funcionaba y si valía la pena. Para expandirse, siempre hay tiempo.
Comencé buscando info en la web. Recuerdo que lo primero que investigué fueron los riesgos: qué podía llegar a pasar si uno se equivocaba y la cerveza se contaminaba o salía mal. Por lo que leí, no había más riesgo que una ligera cagadera, o un dolor de cabeza, lo cual me incentivó a seguir adelante.
Aquí hay que decir que existen muchas páginas con mucha información sobre la fabricación de cerveza casera. Sin embargo, no todas son muy prácticas: se van mucho por las ramas o parten de la base de que uno cuenta con equipos caros, por lo que la mayoría tuve que descartarlas. La mejor página que encontré fue la de un chileno que había estado en una búsqueda parecida a la mía, tratando de hacer la prueba sin largarse a comprar muchos elementos, y describía todo el proceso de una forma simple y práctica. Podría poner el link y terminar la perorata acá, pero como tengo ganas de seguir escribiendo, el link lo pongo al final, y sigo. Básicamente voy a explicar lo mismo que él, pero con mi toque personal, y en argentino.
Vamos a empezar, entonces, por lo que se necesita (con mi método), para conseguir unos 6 ó 7 litros de cerveza casera. Como ya dijimos, siempre se puede escalar: esta cantidad es un mínimo, si se quiere hacer más, hacen falta más elementos, o elementos más caros. Yo creo que para empezar, está bien. Si nos sale aceptable y nos gusta, podemos pedirle al cocodrilo del bolsillo permiso para comprar alguna cosita más, y aumentar al doble la cantidad de litros.
Herramientas: 1 conservadora de telgopor (compré una en Colombraro, que es una caja de telgopor para conservar botellas, muy económica); 1 metro de mosquitero plástico; 1 regadera plástica de 10 litros (conviene que los elementos sean plásticos, para que no modifiquen el sabor de la cerveza); 1 cucharón o espumadera de plástico; 1 olla de 15-20 litros, preferentemente con tapa (lo mejor es que sea de acero inoxidable; si no, enlozada; como última opción, que sea de aluminio, porque el aluminio le cambia un poco el sabor a la cerveza, pero si no queda otra y antes de ponerse en grandes gastos, es aceptable); 1 recipiente auxiliar de plástico o acero, de 10 litros, aproximadamente; 1 termómetro para líquidos; 2 bidones de plástico, tipo "Sparkling" (de los dispenser de agua) de 20 litros; 1 embudo plástico; 1 tapón para bidón; 1 airlock (estos dos últimos se compran en Minicervecería, donde también venden la materia prima); 7 u 8 botellas de cerveza de litro, de las de tapa a rosca (las "no retornables" de Isenbeck, Warsteiner o Iguana); 7 u 8 tapitas plásticas de gaseosa; alcohol (es mejor que sea apto para consumo humano, yo conozco la marca Porta, pero hay que leer las etiquetas para estar seguro de que no sea tóxico); un poco de algodón.
Materias primas: 12 a 15 litros de agua (yo usé el agua de bidones baratos, pero se puede usar el agua de la canilla, con la precaución de hervirla o dejarla toda la noche para que se evapore el cloro); Maltas molidas de diferentes tipos (según receta); lúpulo; levadura (estas tres cosas se consiguen en Minicervecería [ver aparte]); azúcar.
Minicervecería: uno de los que merecen un capítulo aparte es este negocio donde el cervecero casero puede conseguir todo lo que necesita. Que yo conozca, es el único lugar en la ciudad de Buenos Aires (creo que hay otro en el Gran Buenos Aires), donde uno puede comprar todo lo necesario, desde las materias primas hasta los equipos (si es que tenés ganas de ponerte a gastar plata en equipos). El asesoramiento y la atención son muy buenos. Lamentablemente, no me pagan por esta fantástica publicidad que les hago. De manera que, receta en mano, podemos llegarnos hasta este local, y hacernos de todo lo necesario. Es importante destacar que te simplifican las cosas, por ejemplo, venden la malta en pequeñas cantidades, y molida. (Si todavía no lo notaste, ya notarás que con esto de hacer cerveza, cada ítem es todo un tema en sí mismo. El tema de las maltas, por ejemplo. En realidad, uno tendría que comprar la cebada, y maltearla [algo así como tostarla] a gusto, según el tipo de cerveza que quiera lograr. Pero como este no es un proceso sencillo, la mayoría de los cerveceros [e incluso, muchas cervecerías grandes] compran la cebada ya malteada. Además, hay que molerla. La molienda es un tema clave, ya que determina el rendimiento: una malta mal molida rinde menos. Obviamente, hay diferentes tipos [y precios] de molinos, y hay quienes muelen con un palo de amasar o con su propio método alternativo. Pero, por suerte, en Buenos Aires se puede comprar la malta molida, y ahorrarse todos estos problemas [que, cuando tengamos más experiencia, podremos encarar]).
Comenzando: Una vez que tenemos los elementos y las materias primas, estamos en condiciones de comenzar. Aquí, es necesario tener en cuenta un par de cuestiones, para planificar y encarar bien la tarea. El total de tiempo que nos va a llevar el proceso, es de unas 5 ó 6 horas. Sí, leiste bien. Pero no desesperes, no significa que vas a estar todo ese tiempo trabajando: hay tiempos de espera que están incluidos, pero es bueno tenerlo en cuenta, para organizarse bien. ¿Y cuándo podré probar mi cerveza? Bueno, hay que decirlo de una vez, no vas a poder probar tu cerveza antes de 1 mes de comenzada la elaboración. Es decir, que si no estás dispuesto a esperar tanto, mejor agarrá un envase y andá yendo al supermercado. Es así, el mínimo es un mes, si tu ansiedad te permite esperar un poco más, mejor va a ser el resultado. Y te aseguro que, si el proceso está bien hecho, el resultado vale mucho la pena.
De manera que necesitamos disponer de 5 a 6 horas de tiempo, mucha calma, un ayudante (de ser posible) y muchas ganas.
Macerado: Para comenzar el proceso, hay que calentar la mitad del agua: unos 6 litros (todo depende de la receta, pero vamos a explicar el proceso en términos generales, y llegado el caso, según las indicaciones de la receta que elijas, tendrás que hacerle las adaptaciones necesarias). El agua tiene que estar entre 67 y 80 grados. Aquí también hay un tema, porque los expertos manejan la temperatura del agua para lograr diferentes resultados. A nosotros, en principio, lo único que nos va a preocupar es que el agua esté a más de 67 grados C y a menos de 80, ya que por encima de esa temperatura, se liberan los taninos, que darían sabor ácido a la cerveza.
Una vez que el agua esté a la temperatura correcta, colocamos la malta en la parte central del mosquitero plástico y ubicamos éste dentro de la conservadora de telgopor, cuidando que los 4 extremos queden hacia arriba (más adelante, tendremos que levantar el mosquitero por los 4 extremos, como si fuera una bolsa, sin que se nos caigan los granos de malta). A continuación, volcamos el agua sobre los granos, y con el cucharón plástico removemos suavemente, para que se moje toda la malta. Luego, sumergimos la malta en el agua, dejando los 4 extremos del mosquitero por encima. Tapamos la conservadora y vamos a dejarlo macerar durante 1 hora y media (el tiempo puede variar, según la receta). Durante ese lapso, podemos aprovechar para descansar, o hacer cualquier otra cosa, ya que la conservadora debe permanecer tapada, para que no baje demasiado la temperatura del agua. La idea del macerado es que el agua tome el sabor y los azúcares de la malta.
Lavado de los granos: Antes de que se cumpla la hora y media de macerado, debemos poner a calentar el resto del agua, a la misma temperatura (67-80°C). Una vez que terminó el macerado, abrimos la tapa de la conservadora y nos vamos a encontrar con un aroma dulzón bastante agradable. Los granos han soltado su esencia y el agua está turbia y algo más espesa. Ahora, tenemos que terminar de extraer todo lo bueno que tienen los granos. Para ello, debemos "lavarlos", es decir, pasar varias veces el agua a través de la malta, hasta extraerles todo el jugo que sea posible. El éxito de este proceso también es determinante del rendimiento.
Esta creo que es la parte que más personalicé de todo el proceso. En cualquier web de cerveceros caseros vas a encontrar que el lavado es todo un tema, por lo cual hay complicadísimas explicaciones y diferentes herramientas y métodos para hacerlo lo mejor posible. Yo, acostumbrado por tantos años de cocinar a no creer en los mitos, lo simplifiqué tanto como pude, y los resultados fueron buenos.
Tomamos entonces los cuatro extremos del mosquitero, tratando de mover lo menos posible los granos, dejamos que escurra todo el líquido, y vaciamos la conservadora en la regadera, con la ayuda del embudo. A continuación, extendemos con cuidado el mosquitero, apoyándolo en los bordes de la conservadora, de manera que los granos queden suspendidos, a cierta distancia de la base de la conservadora. Tomamos la regadera y vamos rociando lentamente el agua sobre los granos, tratando de no inundarlos, sino que vaya escurriendo lenta y parejamente. Una vez que hemos rociado toda el agua, repetimos el proceso. Como mínimo, debe repetirse 10 veces (si se hace más veces, mejor), para extraer una buena cantidad de azúcares de la malta. A los efectos de que no se enfrie demasiado el agua, conviene ir agregado de a poco el agua limpia que tenemos precalentada, para que vaya subiendo la temperatura, y para que la extracción de azúcares sea más eficiente. Para el final del proceso, reservamos una parte del agua nueva, y lavamos los granos sólo con ese agua, para sacarles bien el jugo, unas 5 veces más.
Conviene aclarar que estamos utilizando, como ya dijimos, la mitad del agua para el macerado, y la otra mitad para el lavado de los granos. Esto es una nueva simplificación introducida por mí. En realidad, los expertos utilizan en este proceso un aparato que se llama densímetro (yo lo compré, porque no es caro, y lo utilicé las primeras veces, después lo abandoné), y van midiendo la densidad del líquido que van obteniendo. De esta manera controlan mejor el proceso, para evitar que la cerveza quede demasiado concentrada, o demasiado aguada. Muchas recetas indican "lavar los granos hasta la densidad X", lo cual significa ir agregando agua y midiendo con el densímetro, cada tanto, hasta llegar al nivel indicado. En varias páginas se explica el uso del densímetro, y si querés incorporarlo, mejor. Yo creo que en un principio, basta con utilizar el agua mitad y mitad, como estamos explicando.
Cocción: Y llegó la parte que más me gusta, a mí como cocinero. Este paso del proceso me hace pensar que, después de todo, hacer cerveza se trata de algo muy parecido a cocinar, y mi amor por la cocina hace que me guste el proceso.
Una vez que hemos lavado convenientemente los granos (y llegado a la densidad indicada por la receta, si es que estamos utilizando un densímetro), pasamos el líquido a la olla, para comenzar la cocción. Los granos vamos a descartarlos, a menos que les encontremos algún uso en el jardín o el hogar (hay quien dice que sirven de abono para las plantas), pero para hacer cerveza ya no nos sirven. La cocción es un simple hervor, que va a durar entre 1 hora y 1 hora y media (según la receta, again), durante el cual no hay que hacer mucho, salvo agregar el lúpulo. Conviene hervir a fuego fuerte y algunos le van quitando con una espumadera la espuma que se va generando.
El lúpulo: Uno de los componentes maravillosos de la cerveza es el lúpulo. Si quieren información sobre su historia, sus tipos (que hay muchos), regiones del mundo donde se da (que hay pocas), beneficios para la salud, etc., busquen en la web. Aquí bastará con que digamos que es una planta de la familia de las cannabiaceas (sí, es pariente...), de la cual se utilizan varias partes, y es fundamental para dar amargor a la cerveza, y también parte de su sabor característico (y, en algunos casos, también aroma). No caigas en decir "a mí la cerveza muy amarga no me gusta" y no ponerle lúpulo, porque entonces vas a obtener un juguito dulzón con gas y alcohol, que no merecerá llamarse cerveza. Tampoco permitas que se te pase la mano con la cantidad de lúpulo, porque entonces tu cerveza va a quedar intomable, aun para los más machos.
Lo maravilloso del lúpulo es que, según en el momento de la cocción en que lo agreguemos, va a dar amargor o sabor a la cerveza. Cada receta indicará qué cantidad de lúpulo y en qué momento agregarlo, pero básicamente debemos saber que el lúpulo que se agrega al final de la cocción es el que otorga sabor, mientras que el que se agrega antes, sólo brindará amargor. Existen fórmulas y planillas de cálculo para estimar qué tan amarga va a ser nuestra cerveza (vamos a ver que existen los IBU, que son unidades de amargor), pero yo creo que lo mejor es que le hagamos caso a la receta. En cuanto a las variedades de lúpulo, algunas se consiguen y otras no. Por suerte, se produce lúpulo en El Bolsón, de manera que no es complicado conseguirlo. Si la receta indica variedades que no se consiguen, el vendedor te puede asesorar sobre cuál podés utilizar para reemplazarlo. Lo más importante, es que no nos olvidemos de agregar el lúpulo durante y/o al final de la cocción, en las cantidades indicadas.
Enfriado: Una vez que hemos completado la cocción, el líquido resultante (desesperantemente poco, ya que gran parte se habrá evaporado) se llama "mosto". Este mosto, que al apagar el fuego se encuentra a casi 100 grados, debe enfriarse a menos de 30 grados en no más de 20 minutos, ya que pasado ese tiempo, podría contaminarse.
La asepsia: Este es un punto importante. Hasta aquí, lo único que hemos tenido que cuidar es la higiene. Siempre es conveniente ser pulcro y prolijo al trabajar, de manera que nuestra preparación no se ensucie ni estropee con ningún agente externo. Pero, una vez que terminamos la cocción, debemos incorporar el concepto de asepsia, lo que significa que tenemos que tener mucho cuidado de que todo aquello que entre en contacto con nuestro preparado, esté desinfectado, para evitar que se contamine nuestra cerveza. Es decir, no sólo hay que ser pulcros, sino también cuidadosos.
El mosto, que es lo que tenemos en este punto del proceso, es un jarabe dulzón que es alimento ideal para las bacterias. Las bacterias están en todas partes, empezando por el aire, que está lleno de ellas, y también depositadas en todos los elementos que vamos a utilizar. Por eso, es muy fácil que nuestra cerveza se contamine con alguna de las innumerables bacterias que andan dando vueltas, y esto produciría que todo el proceso se arruine. Y lo peor de todo, es que no nos vamos a dar cuenta de que se ha arruinado hasta que la probemos, es decir, un mes más tarde.
Es por eso que es indispensable ser muy cuidadoso. A mí me ha servido que soy un poco paranoico, y entonces pienso todo el tiempo que todo está contaminado. Todos los elementos que vayan a entrar en contacto con la preparación deben ser previamente desinfectados con alcohol, y asimismo, la preparación debe entrar lo menos posible en contacto con el aire. Si seguimos estas premisas básicas, no vamos a tener problemas de contaminación.
¿Y cómo vamos a enfriar nuestro mosto? Una vez más, para la mayoría de los cerveceros caseros, este es todo un tema... En la web encontramos innumerables aparatos (la mayoría, de fabricación casera) para enfriar eficientemente el mosto. Algunos también están a la venta (si uno está dispuesto a gastar plata, nunca hay problemas), pero la mayoría de los cerveceros fabrican sus propios enfriadores. Como a mí la única parte de la ingeniería que me interesa es la de desarmar o destruir, mi forma de enfriar el mosto es la más sencilla, y, por la cantidad de litros de que estamos hablando, me basta. Consiste simplemente en meter la olla en un piletón lleno de agua con hielo. Los 20 minutos me alcanzan para que la temperatura del mosto baje a menos de 30°, y no tuve necesidad de construir ningún aparato (ojo, aplaudo a los que son capaces de hacerlo). Durante el enfriado, la olla permanece tapada. Cada tanto, introduzco el termómetro (previamente desinfectado), aprovecho para revolver un poco y mido la temperatura.
Fermentación: Ya tenemos el mosto a menos de 30 grados y debemos trabajar sin pausa, para evitar que pase mucho tiempo y se contamine. Y aquí es donde entra en acción otro componente fantástico de la cerveza, tal vez el más fantástico: las levaduras. Estos simpáticos bichitos (no sé si los científicos ya se pusieron de acuerdo sobre si son hongos, bacterias o qué), son los responsables del contenido alcohólico, del gas y de gran parte del sabor de nuestra cerveza. Van a hacer una parte fundamental del trabajo. Sin ellos, todo este proceso no sería posible. Hay varias clases de levaduras, y las que vamos a utilizar son de la misma familia que las utilizadas para hacer panes, pizzas, facturas y otras delicias. Cada receta indicará la variedad de levadura que se debe usar, y es importante respetarla (siempre que se la consiga), ya que, como dijimos, van a determinar en gran parte el sabor final de nuestra cerveza. La misma receta, cambiando la levadura, da como resultado una cerveza diferente, con diferencias de sabor, graduación alcohólica, etc. Las levaduras son tan importantes que sus clases dan nombre a los dos grandes tipos de cerveza: lager y ale (según sean de fermentación alta o baja). Como en tantos otros temas, hay muchísima información sobre levaduras en la web, y cada uno puede buscar hasta donde esté interesado. Lo más importante es tener en claro que se trata de seres vivos, que necesitan determinadas condiciones para hacer su tarea, que va a ser transformar los azúcares del mosto en alcohol y gas carbónico. Entre esas condiciones, la más importante es la temperatura. Las levaduras que vamos a utilizar, de tipo ale, trabajan a altas temperaturas, por lo que vamos a poder dejarlas a temperatura ambiente. En gran parte del otoño y la primavera, la temperatura será ideal. En invierno, si el ambiente no está demasiado fresco, ni demasiado calefaccionado, también podrán trabajar sin problemas. En verano las cosas se complican un poco. El tema es que, por encima de los 22-23 grados, las levaduras trabajarán igual, pero la cerveza resultará con un sabor como a banana, que no es muy agradable. Por debajo de los 15 grados, se adormecerán, por lo que la fermentación durará más, o directamente se interrumpirá. Por eso es recomendable mantener una temperatura de entre 15 y 20 grados, para que las levaduras puedan cumplir bien su misión, y le transmitan los sabores correctos a la cerveza.
Aquí, nuevamente, los expertos complican las cosas tanto como es posible. Controlan la temperatura, hacen mediciones y buscan sutiles diferencias de sabor en los cambios de temperatura durante la fermentación. Nosotros lo vamos a simplificar, nos conformamos con que la temperatura ambiente no baje de 15° ni pase (mucho) de 20°, y vamos a dejar que los bichitos trabajen tranquilos. El resultado es más que aceptable, y para complicarnos, tendremos tiempo cuando hayamos dominado el proceso.
Conviene aclarar que la levadura se vende en polvo o líquida. La primera es más fácil de manejar, por lo que vamos a elegir ésta. Viene en unos sobres que sirven para hacer 20 litros de cerveza, por lo que vamos a usar aproximadamente la mitad de un sobre. Esta mitad hay que separarla con cuidado, porque la levadura también se puede contaminar. O sea que hay que manipular el sobre lo menos posible, tratando de no tocar su contenido. Para prepararla, vamos a llenar medio vaso con agua hervida y entibiada (30-36°, ojo, porque no resisten las altas temperaturas) y vamos a volcar en ese agua la mitad del sobre. Revolvemos suavemente, tapamos y lo dejamos cerca de media hora. De esta manera, se activan las levaduras, que estaban dormidas. Obviamente, todos los elementos que utilicemos deben estar previamente desinfectados con alcohol. Todo esto conviene hacerlo mientras estamos enfriando el mosto, para no perder tiempo en el siguiente paso.
De manera que vamos a tomar el bidón (yo compré 2 bidones de agua en una fábrica por Floresta, puede usarse otro tipo de bidón, pero cuidando que sea apto para contener alimentos, ya que algunos plásticos son tóxicos) y el embudo, y vamos a volcar el mosto dentro del bidón, y después la levadura que ha estado media hora en el agua tibia. Agitamos bastante, para que se mezcle bien, y tapamos con el tapón y el airlock. Ya está. De aquí en más, la tarea queda en manos de estos bichitos. En cerca de 24 horas, vamos a empezar a ver que el airlock comienza a burbujear, eso significa que ¡hay actividad! Nuestros amigos están convirtiendo los azúcares en alcohol y gas, y el excedente sale por el airlock (este es un aparato que deja salir el gas y no permite que entre aire, a fin de evitar la contaminación). El burbujeo se va a ir haciendo más intensivo, y en algún momento va a comenzar a decrecer. Esta primera fermentación va a durar 1 semana (puede variar según la receta). Vamos a dejar el bidón en un lugar fresco y al resguardo de la luz durante todo ese tiempo, y seguramente no vamos a resistir la tentación de mirarlo a cada rato, para ver cómo va. Si acercamos la nariz al airlock, vamos a poder percibir un aroma muy alentador...
Pasada una semana, el burbujeo va a ser casi imperceptible. Es momento de comenzar la "segunda fermentación", que consiste en traspasar simplemente la preparación a otro bidón. En el fondo de nuestro bidón vamos a tener como un barro espeso, medio asqueroso, que son las levaduras con todos sus restos. Ese barro lo vamos a descartar. Es decir, que vamos a tomar el bidón vacío y el embudo (todo desinfectado), y vamos a traspasar con cuidado el líquido del primer bidón, tratando de dejar en el fondo la mayor cantidad posible de barro, que vamos a descartar (hay quienes lo reutilizan, podés buscar info sobre esto en los links que dejo al final). Tapamos el nuevo bidón y lo dejamos entre 5 y 7 días más. Lo que se recomienda, es meterlo en la heladera, a fin de que las levaduras que quedaron en el líquido no sigan trabajando. Yo he probado de dejarlo fuera de la heladera, y no hay gran diferencia, ya que para esa altura, están bastante adormecidas.
Si la ansiedad te puede, es posible probar la cerveza en este punto. Vas a comprobar que lo que tenemos es algo bastante similar a la cerveza, tiene gas y alcohol, sólo que le falta estacionarse, ya que los sabores parecen estar cada uno por su lado. Pero podés ir viendo cómo va tu cerveza.
Embotellado: ¡Por fin llegó el día! Te bancaste 2 semanas viendo cómo trabajaban las levaduras, y es momento de poner la cerveza en botellas. Si probás lo que tenés actualmente, vas a encontrar que es casi cerveza: tiene alcohol, tiene gas, si la pusiste en la heladera, hasta está fría, aunque le falta que se asienten los sabores. Eso se va a lograr en la botella. Además, como el gas se va a perder en el embotellado, vamos a tener que alimentar a las levaduras, para que generen nuevo gas dentro de cada botella.
Como siempre, vamos a hacer lo más simple. Y lo más simple es utilizar botellas descartables de cerveza (de vidrio), de tapa a rosca, con tapitas plásticas de gaseosa (las metálicas que trae la cerveza no sirven, porque se deforman). Desde ya que están a la venta las chapitas y la máquina para tapar los porrones y botellas tradicionales de cerveza, pero en este momento no nos interesa gastar tanto. Como es obvio, las botellas y tapas deben estar bien lavadas y desinfectadas con alcohol. Siempre es aconsejable que sean nuevas, para que el lavado sea más fácil, por no tener restos secos en su interior.
Antes de comenzar a embotellar, vamos a preparar un almíbar (hirviendo mitad agua, mitad azúcar), con la cantidad de azúcar indicada por la receta, según la gasificación que deba tener nuestra cerveza. Una buena cantidad es 7 gramos de azúcar por litro de cerveza. La cantidad de litros vamos a tener que calcularla como podamos, dejo librado a tu imaginación el método. Yo le hice unas marcas al bidón antes de pasar el líquido. Hay que tener cuidado con la cantidad de azúcar, porque un solo gramo produce una gran diferencia. Si ponemos demasiado poco (menos de 5 gramos por litro), la cerveza quedará casi sin gas; en cambio, si nos excedemos (más de 8 gr/l), corremos el riesgo de que las botellas estallen. Este azúcar será utilizada por las levaduras para generar el gas dentro de cada botella.
Una vez que tenemos listo el almíbar, hay que enfriarlo (a menos de 30°) e incorporarlo al bidón, mezclando bien para que se distribuya en forma pareja.
Después de eso, es sólo cuestión de tomar el embudo y las botellas, e irlas llenando. Se recomienda llenarlas de a poco, parejamente, no una por una, para que no haya diferencias entre una y otra.
Hay que dejar la parte del pico (unos 5 cm) sin líquido, para que las levaduras utilicen ese aire.
Se tapan fuerte con las tapitas de gaseosa, y lo que resta es sólo paciencia...
Hay que dejarlas en un lugar fresco, seco y oscuro, paradas, durante... ¿cuánto tiempo?...
El mínimo indispensable son 2 semanas, para que las levaduras puedan generar el gas dentro de la botella. 4 semanas es un tiempo razonable, si te aguantás la ansiedad. Lo más difícil es la primera vez, porque todavía no sabemos cómo va a resultar. Después, si uno empieza a preparar una vez por semana, la espera se hace más llevadera.
Lo ideal, dicen, es entre 3 y 6 meses, que es cuando la cerveza alcanzará su plenitud. Te recomendamos que guardes al menos una botella durante este tiempo, para comprobar hasta dónde llega tu cerveza en sabor.
El proceso es largo, trabajoso, y hay que tener mucha paciencia, pero no hay dudas de que cuando uno llena una copa y ve que el resultado es cerveza, tiene gas y espuma, y sabor a cerveza, la satisfacción vale la pena.
Sin dudas, con el correr del tiempo y la experiencia, esta descripción te va a parecer muy rudimentaria, como le puede parecer a cualquier cervecero casero que la lea. Algunas de las cosas que se dicen acá son animaladas, el proceso en general está muy poco controlado y demasiado simplificado. Las mejoras que se pueden introducir son infinitas, la idea de este relato es lograr un proceso básico que permita elaborar una cerveza aceptable, para partir de este proceso e ir mejorando y perfeccionando los mecanismos. Las posibilidades son inagotables. Una vez que se domina el proceso, uno puede meterse a perfeccionar la receta, para lograr la cerveza ideal para su gusto. Y hay tantas recetas y tantas variables que influyen sobre el sabor, que es fascinante. En los links que agrego más abajo encontrarás cantidad de información para perfeccionar el proceso, hasta superar el límite de lo artesanal, construyendo una máquina que haga todo el trabajo.
Lo que quisimos aquí fue explicar un proceso simplificado y básico, para poder empezar sin complicarse demasiado. Sin dudas es rudimentario, pero no le falta utilidad.
Links:La web del amigo chileno (una explicación un poco más completa que esta):
Cerveceros caseros (gente que sabe mucho y no tiene problemas en compartirlo, mucha info y foro):
Minicervecería (donde conseguir todo lo necesario):
Asociación de cerveceros artesanales:
En inglés, famoso libro de Palmer para iniciarse en la actividad:
Recetas argentinas:
Otros:
Recetas:Receta para cerveza roja:
Malta pálida molida: 1,5 kg
Malta cara red: 1 kg
Levadura Nottingham: 1/2 sobre
Lúpulo Cascade: 7 gramos
Receta para cerveza rubia:
Malta pálida molida: 2 kg
Malta cara red: 0,5 kg
Levadura Nottingham: 1/2 sobre
Lúpulo Cascade: 7 gramos