jueves, 14 de febrero de 2008

Vidas paralelas

Ludwig Medina se levantó, como todos los días, apoyando un pie en el suelo, y después el otro. Antes de desayunar, se dirigió a la panadería más próxima a su domicilio, con la intención de procurarse tres medialunas.
Buen día, le dijo el panadero, que tenía la cara como una esponja. Era gordo, pelado y fuente inagotable de sudor espeso. Estaba de mal humor, porque acababa de discutir con Augustus Ruiz, su empleado. Augustus Ruiz aprovechó la distracción de su jefe para ir hasta la cuadra y pegar prolijamente un moco en cada cañoncito de dulce de leche. No les queda mal el adorno, pensó, e inmediatamente pensó en María y cómo lo recriminaría ella si lo viera perpetrar semejante acto de vandalismo.
Pero María no lo vio, porque tenía ante su vista el pecho peludo de Astolfo, el encargado del edificio donde vivía. Mientras acariciaba el pecho de Astolfo, pensaba en la cara que iba a poner la del 3° F cuando ella le contara. Se le escapó una risita traviesa. ¿Qué te pasa?, le preguntó Astolfo. María no quiso decirle, y entonces Astolfo la cagó a sopapos. Cuando se cansó de pegarle, salió del departamento y fue a buscar una cacerola para baldear la vereda.
En el camino, se cruzó con un tipo raro, que solía visitar al del 7° H. El tipo raro que solía visitar al del 7° H saludó a Astolfo y enseguida bajó la vista. La mirada del encargado lo hacía sentir invadido. Al fin y al cabo, no estaba haciendo nada malo, pensó el tipo raro que solía visitar al del 7° H, pero no podía evitar sentirse como un criminal. Tal vez por eso, en lugar de salir del edificio hacia la izquierda, siempre salía hacia la derecha, para evitar cruzarse con el policía de la esquina. El policía era bastante boludo, igual. Estaba tratando de entender cómo funcionaba su celular nuevo, mirándolo fijamente mientras probaba suerte con cada uno de los botones.
Desde enfrente, Celeste, la dueña del almacén, le decía a su hija, Rosa, así es como nos cuidan estos tipos. Rosa, pálida, pensó, me habrá bajado la presión, sin darse cuenta de que en realidad, el responsable de su palidez era Humphrey Torres, que le había transmitido una enfermedad más o menos curable durante un encuentro sexual. Humphrey Torres tenía el cuerpo cubierto de pústulas y no cesaba de rascarse, mientras emitía interjecciones de alivio fugaz, cada vez en voz más alta. Su jefe se le acercó por detrás. ¿Qué pasa, Torres? Me rasco, ¿no ves? ¿o sos boludo? Ah, bueno, está bien, discúlpeme. Y se marchó a agarrárselas con el gerente. Al llegar a su oficina, abrió la puerta de una patada. Me tenés podrido pidiéndome informes y boludeces. Tenés razón, le contestó el gerente. No lo voy a hacer más. Y se puso a marcar un número en el teléfono. ¿Panadería?, dijo cuando le contestaron. ¡Agarrame este vigilante!, y cortó. El panadero se quedó mirando el tubo. Otra vez el gerente de Mirkosoft y sus chistes pelotudos. ¿Vas a llevar algo más? le preguntó a Ludwig Medina. No, ¿cuánto es?, preguntó Medina. Pagó y salió. En la vereda, sintió un ligero dolor en el pecho. Notó que le faltaba el aire. Un segundo después, cayó muerto y aplastó las tres medialunas.

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