jueves, 27 de diciembre de 2007

Olimpíadas Buenos Aires 2008

Después del "apartheid" recientemente anunciado por Macri en el área de salud, se viene una Buenos Aires diferente. En el área deportiva, están previstas las Olimpíadas Porteñas, una sana competencia donde cualquier ciudadano nacido en Buenos Aires, rubio y que use bigote, podrá participar.
Estas son algunas de las novedosas disciplinas pensadas por el nuevo Gobierno de la Ciudad.

Lanzamiento del cabeza: los competidores, parados de este lado de la General Paz, deberán tomar cada uno a un morocho de la zona posterior sub lumbar (del forro del orto, bah) y arrojarlo a través de la avenida divisoria, hacia el conurbano bonaerense. Aquel que lo arroje más lejos, será el ganador.

Maratón 1K: el nombre puede parecer modesto, el "1K" no suena a gran desafío. Pero cuando se difunda que se trata de 1 Kilo de asado, con chinchulines, ensalada y pan incluidos, el interés (y la desesperación) van a crecer. El botín será trasladado en moto, y centenares de cartoneros, cirujas y desocupados demostrarán que, subalimentados y sin entrenamiento, igual pueden correr una verdadera maratón.

La cinchada: Aquí no se trata de cinchar, sino de empujar. Los porteños darán un ejemplo de hermandad y formarán un solo equipo, que intentará arrojar las villas fuera de los límites de la ciudad. A ponerse los guantes y empujar casillas, chapas y cartones, hasta hundirlos en la sórdida espesura del Gran Buenos Aires. Y si se hunden en el río, hay premio doble.

miércoles, 19 de diciembre de 2007

La Tontocracia, parte 5

Con su exceso de euforia y descontrol, las fiestas son el momento propicio para que los Tontos se muestren en todo su esplendor, causando tragedias e inconvenientes contra ellos mismos, sus seres cercanos, y todo aquel que tenga la mala suerte de cruzarse en su camino. A continuación, algunas de las clásicas formas de provocar estragos que tiene la "tribu urbana" más numerosa.
La pirotecnia: desde llenarse el bolsillo del jean de petardos y caminar 20 cuadras bajo el sol con 35 grados, hasta agacharse para ver por qué no explotó el cohete, pasando por apuntar a los pies de las viejas o a los autos estacionados, la pirotecnia es uno de los instrumentos preferidos de los Tontos para provocar desastres durante las fiestas. Haya sido un buen año, o haya ido todo mal, hay que festejar, y se impone "tirar cuetes" (encender pirotecnia), para hacer el mayor barullo posible. No importa si se gastan fortunas, mañana veremos de qué vivimos. Y nada de pirotecnia legal, que es aburrida y suena como pedos de vieja en misa. La verdadera pirotecnia, la de diversión (y mutilaciones) garantizada, es la ilegal, la de procedencia desconocida (a menudo, armada por mano de obra esclava en algún sórdido galpón del Gran Buenos Aires), la que reposa largas horas a pleno sol en las mesitas que improvisan los quioscos en la vereda. Y cuanto más tenebroso sea su aspecto, mejor, más ruido hará, y entonces verán los vecinos quién es el más divertido del barrio. O verán en el Instituto del Quemado quién es el más carbonizado de este año.
Los tiros al aire: Para algunos, la pirotecnia no basta. Es más bien cosa de chicos. De manera que delegan en el hijo de 5 años el manejo de petardos y cañitas voladoras y se entregan a una forma de diversión más adulta y viril: toman el 38 (adornado con algún moño o guirnalda) y suben a la terraza para festejar con "verdaderos" cohetazos. Esta forma de festejar tiene muchos adeptos en los barrios violentos, donde cumple la secundaria función de amedrentar a los vecinos y transeúntes, que pueden estar esperando que estén todos totalmente borrachos para asaltar la casa.
Los corchos y tapones: Este es (discúlpenme) mi preferido. Y aquí creo que los fabricantes de sidra tienen su cuota de culpa. Cada año parecen cargar con más gas las botellas, al punto que se han convertido casi en un arma. Sólo falta que se les ocurra hacer los tapones con forma de misil. Y nunca falta el tonto que por estar borracho, hacerse el gracioso o simplemente por Tonto, al momento de destapar una botella, apunte a las caras de quienes lo rodean. Y, en casos extremos, a sus propios ojos. Así, mientras fuerza el corcho con los dientes apretados, mueve la botella de un lado a otro, siempre a la altura de la cabeza, sacudiéndola y provocando mayor efervescencia, mientras los involuntarios partícipes de la improvisada ruleta rusa intentan esconderse, o rezar. ¿A ver quién es el que se casa?, dice alguno, en tono jocoso, cuando se está por producir la detonación. No se ha dado cuenta de que, con un ojo menos, cuesta bastante más conseguir pareja.
Los autos: Después del brindis, hay que salir. Adonde sea, a visitar amigos o parientes, a bailar o tomar algo, pero hay que salir como si fuera la última vez. Y salen todos. Ninguno está en condiciones de manejar ni un carrito de supermercado, pero aceleran, van y vienen desesperados. Así, pobre del que se cruce en su camino, porque las consecuencias pueden ser trágicas.
Con todo esto, las fiestas no sólo son una ocasión para reunirse con familiares y amigos en un clima de alegría; también son la oportunidad de protagonizar desgracias y accidentes de todo calibre. Mi deseo es que pasemos estas fiestas a salvo de los Tontos y sus calamidades. Y que el exceso en los festejos no nos conviertan en uno de Ellos.

Pasión de multitudes

Cada tanto, aparece en los medios informativos (que no son más que una colección de tragedias privadas, accidentes y banalidades), la noticia de que un hincha de fútbol fue baleado o apuñalado en una pelea. Esto no puede menos que sorprenderme, no tanto por descubrir que a alguien todavía le interesa el fútbol, sino más bien por el hecho de que, en el mundo de hoy, haya quien está dispuesto a dejarse matar por algo.
En otros tiempos, no era cosa extraña que alguien iniciara una guerra, una peligrosa expedición, o una pelea a muerte por el amor de una mujer o por los ideales religiosos o políticos. Así, desde los reyes que emprendían una invasión a otro país por conquistar a una mujer, hasta los luchadores políticos que, creo, se extinguieron en los setentas, siempre había alguien dispuesto a dar la vida por una causa que consideraban suficientemente justa, o suficientemente elevada.
Hoy, al menos en nuestra sociedad, las cosas son bien distintas. Nadie parece dispuesto, no ya a dar la vida, sino a realizar siquiera el mínimo sacrificio por causa alguna. De más está decir que los ideales casi no existen. Las personas que los defienden apasionadamente son cada vez más escasas, y con frecuencia soportan la carga del ridículo y la incomprensión. Todo aquello que no es redituable, que no conviene, que no devuelve algún tipo de beneficio, no merece ninguna devoción.
La única excepción parece ser el fútbol, que todavía cuenta con una cantidad de seguidores fanáticos, dispuestos a cualquier cosa por defender unos colores, un cierto (quizás tergiversado) honor. ¿Se trata de seres marginales, que con cualquier pretexto desatan su violencia y su incivilidad? ¿O se utiliza al fútbol para llenar el vacío que deja la falta de apego a ideales y pasiones, y de esa manera canalizar algo que es una especie de necesidad de la naturaleza humana?
Como sea, hace tiempo que dejó de interesarme el fútbol. Más o menos desde que empecé a descubrir que las mujeres son mucho más apasionantes. Eso sí, siempre y cuando no tenga que viajar mucho para verlas y no me rompan los quinotos.