jueves, 3 de mayo de 2012

Vidas Paralelas X

Alain Cirrincione dio un paso atrás para mejor admirar su creación. Se quedó obnubilado, cejijunto, un poco pelotudo también en la contemplación de aquello que representaba el punto culminante, la cascarita en la lastimadura de su existencia. Dio otro paso atrás y tropezó con una pipeta que cayó al piso, desatando la tragedia. El laboratorio comenzó a llenarse de una sustancia invisible, inodora, incolora, insípida, insoluble, incorpórea, inexistente. Tal sustancia no podía salir por la ventana, entre otros motivos, porque ésta se encontraba cerrada. La ventana podía ser vista sin mayores obstáculos por Woody Gutierrez, un insensato que vivía digamos que enfrente, porque si digo la verdad entonces usted no entendería y se armaría una ensalada en la cabeza que ni le cuento, así que mejor mentir y decir que el tirifilo de Woody Gutierrez vivia en la casa de al lado, o en el culo del mundo. Total, para el caso es lo mismo. No nos detengamos en detalles insignificantes cuando lo importante lo tenemos casi ante nuestros ojos, casi diría que al alcance de la mano. No de las dos manos porque eso ya sería exagerar un poco, habida cuenta de que este sujeto se dedicaba a expender sustancias ilícitas a los mocosos del barrio a precios indecentes. Las sustancias no vienen al caso, lo importante es que los principales clientes eran los menores de cierta cantidad de años que tampoco viene al caso. Woody Gutierrez esperaba el arribo de un nuevo cliente mientras escuchaba en la radio a la orquesta de Leopoldo Federico y pensaba que para qué mierda le serviría su pasión por el tango. Mientras se entregaba a este onanismo mental, ingresó en el mismo espació físico un individuo munido de una camisa florida, que saludó de tal manera que dejó cabalmente confirmada su condición de idiota. Este idiota, como siempre le sucedía, pagaría más caro que nadie lo que pensaba que necesitaba comprar. El idiota compró y se retiró sin hacer declaraciones, excusándose con que tenía turno con un cierto médico. En la sala de espera se notaba ya desde hacía un rato la ausencia del idiota. Había dos seres sentados en sendas sillas: una vieja, que creo permanecía en estado de mortandad desde hacía bastante tiempo, aunque teniendo la decencia de no expeler ningún olor, ni pestilente ni de ninguna otra clase, y un muchacho adolescente, que tenía la insensata creencia de que el médico le iba a suprimir los numerosos granos purulentos que ostentaba en su cara. Esta cara, junto con el resto del cuerpo del muchacho, se hallaban cómodamente sentados sobre un artefacto que constaba de una tabla horizontal, sostenida por cuatro delgadas columnas, de las que se alzaba otra tabla, más pequeña, en posición perpendicular a la primera. Todo el artefacto estaba construido en madera, y le parecía sumamente diabólico a la secretaria del médico, que no dejaba de observar al muchacho, mientras pensaba que si el día no hubiera estado nublado, se habría entregado a sus más bajos instintos ahí mismo, en la sala de espera. El médico se estaba demorando bastante en abrir la puerta y dar paso al próximo paciente. Hacía tres semanas que había ingresado al consultorio una mujer que decía necesitar un masaje, y desde ese momento la puerta no había vuelto a abrirse. En la puerta estaban dibujados los puntos cardinales, como un recordatorio de que apenas somos un insignificante punto en un lugar perdido de un inmenso universo. A este universo le quedaban cinco minutos, pero todavía nadie lo sabía.

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