Está de moda lo fácil, lo rápido: la carrera corta, el curso rápido, los medicamentos de acción instantánea, los libros resumidos. Más allá del negocio que algunos hacen con esta tendencia, está claro que las mayorías desprecian el esfuerzo. Aquella idea de nuestros abuelos, de estudiar más, trabajar más y hacer las cosas lo mejor posible, está muerta y enterrada.
Algunos se sorprenden por la enorme convocatoria de algunos programas de televisión, que prometen una fama fugaz, pero rápida. Hoy los más jóvenes quieren ser la chica que muestra el cuerpo en revistas y televisión, o el jugador de fútbol estrella de Boca o de River. Y es que son formas fáciles y rápidas de ganar dinero, las únicas que sirven. Sus padres les han enseñado que el esfuerzo no vale la pena, que hay que ser exitoso lo más rápido posible, y que el éxito significa llegar primero a alguna parte, aunque una vez ahí, no se sepa bien cómo seguir.
El que se decide a estudiar una carrera difícil o larga, o aquel que inicia cualquier actividad que requiera esfuerzo o mucho tiempo es visto como un bicho raro y tildado de excéntrico o iluso. Una forma fácil de fracasar comercialmente sería ofrecer un "curso largo y complejo" de alguna materia o un "manual completo y exhaustivo" de alguna cosa. Y el que invente alguna forma de transferir conocimientos al cerebro, como se transfieren archivos a un disco rígido, seguramente se hará millonario.
Así las cosas, me animo a decir que esta tendencia a lo fácil tiene bastante que ver con la triste actualidad de este mundo. Llevándolo a la política, sospecho que estaríamos un poco mejor si los funcionarios y los que aspiran a serlo, se dedicaran a estudiar los problemas a fondo antes de postularse y si los votantes les exigiéramos que nos presenten una plataforma o un plan de trabajo.
Hoy quiero homenajear al que elige el camino más largo, la carrera más complicada, al que evita zafar y busca la excelencia en todo lo que hace, aunque no sea necesario y aunque no sea redituable.
jueves, 15 de noviembre de 2007
Los arbolitos de Buenos Aires
Cada vez que llega la primavera, se me ocurre pensar en esas mentes brillantes que un día decidieron qué especies de árboles plantar en la ciudad de Buenos Aires. A estos verdaderos genios del urbanismo me los imagino reunidos en una oficina, intercambiando profundas ideas sobre un tema tan complejo:
- Cacho, ¿te parece que pongamo unos cacto?
- ¡Cómo podés ser tan bestia, Rulo! Lo cacto son mufa, son. Aparte, pinchan. Los pobre perrito que vayan a mear se van a pinchar los güevito.
- Tené razón, pero dale, metámosle con el tema este que tengo que shevar la chevy a que le hagan lo freno.
- ¿Y unas palmera?
- Podría ser. Parecería que estamo en el caribe, taría bueno.
- Sí, pero me parece que con el frío se van a cagar muriendo. Acá este libro dice que prefieren los clima tropicale.
- Bueno, dale, Cacho, de en serio, me va a cerrar el mecánico.
- A ver... - recorre azarosamente las páginas del libro - Este parece lindo: plátano.
- Sí, listo, me encanta.
- Acá dice que es hi-per-a-ler-gé-nico, ¿qué será eso?
- Yo qué se. Dale, elegite otro.
- Bueno... a ver... Mirá este, qué lindo nombre: paraíso. Dice que genera unas pelotita que caen todo alrededor. Qué lindo, me imagino todas las vereda decorada con esas pelotita. Los pibe van a estar como loco de contento con esto.
- Sí, Cacho, la verdá que sos un genio, sos.
Y así es como, me imagino, estos abnegados servidores públicos eligieron las peores especies existentes para decorar las veredas de Buenos Aires. Estos simpáticos arbolitos no sólo son feos; mucho peor, son la pesadilla de las personas alérgicas, y también destruyen las veredas con sus raíces, y hasta hay vecinos a quienes les han levantado el piso del living. En mi caso, obstuyeron los caños de desagüe de mi patio, con lo cual tras las intensas lluvias del otoño pasado, mi casa entera se transformó en una divertida pileta techada.
El Gobierno de la Ciudad no sólo ignora los reclamos, sino que sigue plantando las mismas especies de árboles, según he comprobado con espanto.
A estos sabios funcionarios que día a día nos hacen la vida más fácil, es a quienes quiero saludar hoy... o más bien a sus madres, hermanas, tías, abuelas...
- Cacho, ¿te parece que pongamo unos cacto?
- ¡Cómo podés ser tan bestia, Rulo! Lo cacto son mufa, son. Aparte, pinchan. Los pobre perrito que vayan a mear se van a pinchar los güevito.
- Tené razón, pero dale, metámosle con el tema este que tengo que shevar la chevy a que le hagan lo freno.
- ¿Y unas palmera?
- Podría ser. Parecería que estamo en el caribe, taría bueno.
- Sí, pero me parece que con el frío se van a cagar muriendo. Acá este libro dice que prefieren los clima tropicale.
- Bueno, dale, Cacho, de en serio, me va a cerrar el mecánico.
- A ver... - recorre azarosamente las páginas del libro - Este parece lindo: plátano.
- Sí, listo, me encanta.
- Acá dice que es hi-per-a-ler-gé-nico, ¿qué será eso?
- Yo qué se. Dale, elegite otro.
- Bueno... a ver... Mirá este, qué lindo nombre: paraíso. Dice que genera unas pelotita que caen todo alrededor. Qué lindo, me imagino todas las vereda decorada con esas pelotita. Los pibe van a estar como loco de contento con esto.
- Sí, Cacho, la verdá que sos un genio, sos.
Y así es como, me imagino, estos abnegados servidores públicos eligieron las peores especies existentes para decorar las veredas de Buenos Aires. Estos simpáticos arbolitos no sólo son feos; mucho peor, son la pesadilla de las personas alérgicas, y también destruyen las veredas con sus raíces, y hasta hay vecinos a quienes les han levantado el piso del living. En mi caso, obstuyeron los caños de desagüe de mi patio, con lo cual tras las intensas lluvias del otoño pasado, mi casa entera se transformó en una divertida pileta techada.
El Gobierno de la Ciudad no sólo ignora los reclamos, sino que sigue plantando las mismas especies de árboles, según he comprobado con espanto.
A estos sabios funcionarios que día a día nos hacen la vida más fácil, es a quienes quiero saludar hoy... o más bien a sus madres, hermanas, tías, abuelas...
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