Nestor Quemada ató un delgado hilo a uno de los barrotes de la baranda del balcón de su diminuta prisión urbana. El otro extremo del hilo lo ató a una de las patas de una infortunada mosca que había cazado con anterioridad. El díptero intentaba liberarse de su novedoso yugo medio como quien no quiere la cosa, con cierto aire de indiferencia que a Nestor Quemada le recordaba cercanamente a su tía Ay-D.
A lo lejos, pasaba un avión a bordo del cual no viajaba Jules Pantano, porque justo en ese momento se encontraba cagando en el baño de un shopping que visitaba por primera vez. El señor Pantano no alcanzaba a comprender la finalidad de los shoppings, y estaba convencido de que toda la estructura de locales, pasillos y escaleras mecánicas sólo se justificaba para disimular la existencia de baños, donde la gente se dedicaba a perpetrar sus necesidades fisiológicas. Por lo tanto, él cada vez que veia un shopping, entraba y cagaba. En el box de al lado había una vieja que ni siquiera se había sentado. Tenía la vista fija en el suelo. Estaba obsesionada por la idea de que los pisos de los baños de los shopping, siempre de cerámicos negro brillante, son como espejos, y se dedicaba a curiosear qué estaban haciendo sus ocasionales compañeros de baño. Le resultaba aburrido observar al señor Pantano cagando. Este tenía un estilo muy monótono de vaciar sus tripas. Del otro lado, un individuo sentado en el inodoro, movía rítmicamente una de sus manos, sin cesar. César Zinn era su nombre, y estaba sacudiendo un envase de gotas para los ojos, sin decidirse a incorporarse parte del contenido a su cuerpo. César acababa de cortar con su novia. Habían cortado un gran pedazo de tela, y se habían quedado una parte cada uno. La novia lo había colocado sobre el piso y se había acostado, esperando la llegada de Narciso Berbio, un encargado de edificio cuasi asesino que le andaba atrás, y en pocos minutos también le habría de andar encima.
Narciso se presentó sin saludar, y saludó. Después se acostó sobre la tela, sin quitarse la ropa, y se quitó la ropa. A continuación, se abalanzó sobre la novia de César, sin decir una palabra, y dijo una palabra. Hizo lo suyo y se retiró sin pedir permiso, y pidió permiso.
En el ascensor se cruzó con Dante Apellido, un tarambana que vivía en el octavo piso, y tenía la costumbre de recorrer todos los pisos inferiores al suyo cada vez que salía o llegaba a su departamento. Dante Apellido se encontraba tramando algo. Pensaba estafar a la primera persona que se le cruzara. Tenía todo calculado, un plan perfecto. Hasta sabía en qué celda iban a meterlo cuando cayera preso. El problema era que no se le cruzaba ninguna persona. Todos se le paraban delante o al lado, pero nunca se cruzaban. Y él no podía hacer nada, porque no quería arruinar su plan. El viaje en ascensor fue bastante tenso. Dante dudaba entre decir buen día o directamente estrangular al extraño. Existía la posibilidad de que adivinara todos sus planes, y no quería correr el menor riesgo. Cuando estaba por definirse, el ascensor se detuvo. De pronto, la luz permanceció encendida. Dante intentó abrir la puerta, pero ésta se abrió. Entonces intentó salir del ascensor, pero pudo hacerlo. El otro se desvaneció, si es que alguna vez había existido. Dante, un poco confuso, quiso caminar con rumbo a la puerta de salida, que curiosamente también era la de entrada, pero pudo hacerlo. En el trayecto, aplastó una cucaracha que estaba recolectando donaciones para las víctimas de las explosiones de termotanques en Zapala, con escaso éxito. La vida de la cucaracha llegó súbitamente a un punto culminante. En ese instante postrero, pensó en Perón, en Roca, y en aquella dama que le había sonreido un día, desde el andén opuesto en la estación Miguelete. Nunca se animó a cruzar la vía para corresponder a aquella sonrisa, y el tren se interpuso entre ambos, llevando en uno de sus vagones a Ralph Amozzo, bandolero de la baja Estonia que viajaba con la misión de asesinar al primer ministro. Pero antes, debía averiguar quién corno era el primer ministro. Todos parecían haber tenido un antecesor, y temía que el primer ministro ya estuviera muerto. Esto sería muy negativo para Ralph, ya que se privaría de cobrar sus honorarios, que pensaba destinar a la compra de un nuevo juego de palos de golf. Ralph tenía la vista fija en las tetas de la pasajera que tenía sentada enfrente. Levantó los ojos por un momento, se los colocó en su lugar, y le preguntó si conocía al primer ministro. Ella le pidió que la hiciera suya en plazo perentorio. El tren continuó su marcha lenta, bajo el mismo sol que quemaba las alas de la mosca que estaba atada al barrote de la baranda del balcón de Nestor Quemada. La mosca se preguntó si con cinco patas todavía podría conseguir novio.
miércoles, 26 de agosto de 2015
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