martes, 17 de abril de 2012

Collage 1

Me gustaría estar parado sobre una roca, ahora mismo, sí, sobre una roca grande y firme, contemplando a lo lejos una gran ciudad, con sus edificios públicos, sus tribunales y su población de hormiguitas atolondradas que desconocen el paso del tiempo e ignoran la muerte hasta que ella las mira a la cara.
Pero acá estoy, como un honrado servidor público, padeciendo las preguntas boludas de las viejas y recopilando fotogramas inservibles, que alguna vez acaso me sirvan para armar un buc.
Mañana asume un intendente nuevo en Jerico, y tuve que ocultar la roca porque pienso destrozarle la cabeza con ella. Pero voy a esperar a que asuma, voy a esperar a que indignamente todos lo colmen de felicitaciones y le chupen cobardemente las medias. Pacientemente voy a aguardar a que se despachen con su sarta de pelotudeces sobre las esperanzas y las expectativas y todas las cosas que se dicen sin sentir. Voy a esperar, sí, y cuando el tipo esté más confiado que nunca, cuando esté soñando ya con las toneladas que oro que se va a robar, ahí aparezco valientemente por atrás y le aplasto el coco con esta piedra que tengo en el bolsillo.
Y una vez que haya cometido ese acto de justicia (no necesito explicar por qué lo considero un acto de justicia), voy a realizar una donación. Me voy a acercar hasta el edificio donde moran las hermanas de la caridad y voy a dejar mi donación en el hall de entrada. Con la modestia que estos casos requieren, no voy a darme a conocer. Voy a bajarme los pantalones y dejaré mi donacion, para acto seguido retirarme. Aunque, pensándolo mejor, voy a ir ya sin pantalones, para que la cosa resulte más expeditiva. No vaya a ser cosa de que aparezca alguno de adentro del edificio y tenga que asesinarlo con mis propias manos y pies. Eso, mejor me saco los pantalones en el camino, los tiro atrás de un árbol cualquiera (me gustaría averiguar antes a qué parte del árbol se la considera la de "atrás"), y me dirijo más ligero de ropas al edificio de las hermanas de la caridad, a quienes adoro y venero desde que era un púber.
Habrá quienes consideren insignificante a mi donación, pero allá ellos, con sus jirones de chimentos y sus artimañas para no pagar lo que les corresponde. Yo siempre pagué lo que debía y más, no vaya a ser cosa de que el día de mañana alguien se considere con derecho a reclamarme lo que sea. No señor. Después de todo, soy un servidor público, y eso implica obligaciones, obligaciones que yo no olvido. Y ahora sí, me voy a parar sobre esa roca, hasta que la llovizna del otoño me refresque las mejillas con su caricia infantil y se me vayan estas ideas suicidas.